Storytelling de la disolución (o la crisis de identidad de un Legislativo que quería ser Ejecutivo)

03/10/2019

Por Rubén Cano

Si a Fujimori la disolución del parlamento el 5 de abril de 1992 le demandó la movilización de militares y tanques que irrumpieron violentamente en todas las instituciones públicas y en los medios de comunicación, a Vizcarra le bastó con una Resolución Suprema, un par de comunicados y la fotografía junto a los jefes de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional para imponerse en la guerra de narrativas frente a la coalición parlamentaria que se atrincheró en el Congreso hasta pasada la medianoche.

En efecto, también hubo trincheras, pero en una guerra simbólica. El paralelo es alucinante. Primero, el Congreso se zurró en el discurso del presidente de la República que inició el día anterior, en una entrevista en el programa Cuarto Poder. Muy a pesar de la afirmación de Vizcarra en la que señalaba claramente que seguir adelante con la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional (TC) sería no dar la confianza al Gabinete, aún con ello, el Congreso agendó el proceso de elección incluso como punto de agenda previo a recibir al presidente del Consejo de Ministros (PCM). Al hacerlo mostró sus cartas y le dio herramientas a Vizcarra para plantear una estrategia.

A eso habría que agregarle esta accidentada situación en la que no quisieron dejar ingresar al Premier al pleno del Congreso cuando estaba perfectamente permitido por la Constitución. Era el lunes 30 de setiembre del 2019. Las expresiones de los congresistas opositores iban en la línea de que él no podía irrumpir en el hemiciclo, inclusive en contra de la propia norma que sí se lo permitía. ¿Pensaban quizás que la gente no se enteraría? Fue muy fácil para los que apoyaban la propuesta del presidente Vizcarra difundir el artículo exacto donde se señalaba que sí era válido. En ese sentido, es clara la falta de lectura política de la mayoría fujimorista.

Incluso el propio presidente del Congreso señaló que le daba la palabra al premier “por cortesía”, siendo aclarado fácilmente por Salvador del Solar en cadena nacional, quien le respondió que le agradecía la cortesía pero que él tomaba la palabra bajo el amparo de la Constitución. A eso habría que agregarle que Pedro Olaechea leía sus notas o discursos mientras que el discurso de Del Solar fue completamente espontáneo y natural, lo que transmite seguridad, sinceridad y empatía. La ventaja de ser un actor en el medio de una lógica performativa como lo es la política.

Luego de ello, el Congreso continuó con su agenda y llegó a elegir uno de los miembros del TC, acción que representaba, de acuerdo a lo que dijo el presidente el día anterior, la confianza denegada. A partir de allí, hubo una espera tensa que duró unas horas, en las que el Congreso acrecentaba la narrativa confrontacional, con voces como la del congresista Becerril, quien retaba al Poder Ejecutivo a disolver el parlamento, “o le tiemblan las piernas a Vizcarra”.

Con la tranquilidad que lo caracteriza, Vizcarra anunció la disolución del Congreso en un mensaje a la nación hacia final de la tarde y desde este punto se movilizaron las narrativas de ambas fuerzas: por un lado, el Congreso apresuraba la moción de vacancia del presidente -que luego se transformó en una suspensión de funciones bajo una figura forzada de la Constitución pues no alcanzaban los votos para lo primero- y sellaba su estrategia narrativa con un acto simbólico de naturaleza muy potente, per sé: la juramentación de la vicepresidenta y congresista Mercedes Aráoz como presidente en funciones tras la declaración de suspensión de la presidencia de la República.

En paralelo, el presidente Vizcarra juramentaba a su nuevo premier, el hasta entonces ministro de Justicia Vicente Zeballos, y se publicaba en El Peruano el Decreto Supremo que sellaba en tinta la disolución del Congreso, firmado por su nuevo premier y refrendado por el propio presidente de la República. Esto, minutos antes de la juramentación de Mercedes Aráoz.

La imagen de la juramentación del nuevo premier se transmitió rápidamente, por el canal del Estado, en un ambiente íntimo, con buena parte del gabinete renunciante. La imagen de la juramentación de Mercedes Aráoz se dio en medio de un Congreso solo con parlamentarios del fujimorismo y sus aliados. La vicepresidenta tenía un gesto adusto, serio, que transmitía preocupación al asumir tremenda carga política. Su discurso fue notoriamente débil, transmitiendo inseguridad y nerviosismo.

Al margen de ello, el potente impacto del discurso de disolución del Congreso por parte del presidente Martín Vizcarra se fue diluyendo tras la imagen de juramentación de la vicepresidente Mercedes Aráoz, que fue tomando fuerza. Los diferentes medios de comunicación y los múltiples voceros que eran requeridos para entrevistas que buscaban aclarar la disyuntiva en la que había caído el país trataban de difundir un hecho confuso. La CONFIEP difundió una declaración en la que rechazaba la disolución del Congreso. Los Gobiernos Regionales hicieron lo propio, apoyando la disolución. Los diferentes actores sociales comenzaban a tomar posición. Y los principales medios de comunicación ya hablaban de dos presidentes en ejercicio.

La pugna por imponer una narrativa por sobre la otra se dio en el frente de los constitucionalistas, quienes tenían interpretaciones que podían coincidir con cualquiera de las partes. Pero si en este frente el Ejecutivo tenía inferioridad de aliados, en las redes sociales la ciudadanía mostraba mayoritariamente su apoyo a Vizcarra. Y al parecer esto fue crucial y el entorno del presidente lo sabía.

En el Twitter la vicepresidente Mercedes Aráoz era muy cuestionada por haber aceptado ser parte de esta performance, más aún cuando tuvo un discurso completamente crítico a prestarse a una vacancia en el caso del ex presidente Kuczynski. La inconsecuencia fue un flanco que debilitó su figura y la del acto mismo, el cual se volvió más simbólico que formal. Se denotaba una falta de lectura de la realidad, al no vislumbrar lo que significaba este nuevo rol, al no leer a la calle. El corazón de cualquier manifiesto de propósitos, ser consecuentes entre lo que hacemos y lo que decimos. Pero al margen de ello, algunos medios seguían colocando al mismo nivel tanto a Aráoz como a Vizcarra. Hasta ese momento aún no había una certeza clara y se seguía hablando de dos presidentes.

Hasta que pasó algo.

Hacia la medianoche, en medio de una pugna entre dos constitucionalistas a favor de la posición del Congreso disminuido y uno en contra, en un canal de televisión, el Poder Ejecutivo difundía una foto en la que los jefes de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional estaban reunidos con el presidente Martín Vizcarra. Bastó esto para cerrar la jornada de enfrentamiento narrativo. Fue la estocada final que daba por concluida la guerra. El ejecutivo se impuso por la fuerza, sí, pero por la fuerza de una fotografía.

Nadie en su sano juicio podría estar a favor de una disolución del Congreso. Y, valgan verdades, no todos somos constitucionalistas como para tener la certeza de si se dieron los procedimientos adecuados en ambos casos, tanto por parte del Ejecutivo como del Legislativo. Pero ambas posiciones no jugaron, finalmente, solo en las reglas de las normas constitucionales. Vamos, es el marco mínimo de actuación, pero al ser interpretadas para ambos lados, la lógica de juego termina siendo política. Y ambas partes lo sabían y jugaron bajo estas reglas. Pues, si es cuestionable el procedimiento que declara la cuestión de confianza denegada que interpreta el Ejecutivo, es mucho más cuestionable que se fuerce una suspensión al no alcanzar los votos para la vacancia y, encima, se juramente a la vicepresidente como presidenta en funciones sobre esa base tan débil.

Pero, al mismo tiempo, nadie en su sano juicio puede negar que hay una brecha abismal entre ambos bandos y bajo las mismas circunstancias -la disolución del Congreso-, incluso desde la perspectiva histórica. En 1992 era más bien el fujimorismo el que disolvía el Congreso, haciéndolo sobre la base de la fuerza militar que irrumpía violentamente en las instituciones democráticas y en los medios de comunicación con sus soldados y sus tanques. La lectura actual decanta, naturalmente, en la lógica inversa: ahora serían las instituciones democráticas las que disuelven el congreso fujimorista, pero con el poder de la comunicación, de la semiótica, con una foto de militares con el presidente.

Nada más obvio. Antes de cambiar el frame, el fujimorismo jugó bajo las reglas establecidas por el Ejecutivo, alimentó su lógica, performó ese rol sin haberse dado cuenta, le brindó herramientas al bando contrario y hasta le facilitó las cosas. Hasta antes de la juramentación de Mercedes Aráoz, pudieron lograr un equilibrio de fuerzas en la narrativa y hasta se estaban imponiendo en el ámbito técnico constitucional. Al llevar a cabo el acto político de juramentación con muy pocos elementos legitimadores -sin banda presidencial ni gabinete en pleno- y con un actor que se resistió a actuar el mismo rol en una situación similar previa, más bien convirtieron este acto potente en un bluf. Quisieron imitar al contendor, quisieron quitarle su identidad con una performance de comedia, quisieron suplantarlo de una manera muy burda. Se volvieron una caricatura, una réplica forzada del Ejecutivo con el deseo de lograr una transmutación de roles.

Incluso hasta intentaron hacer que trámite documentario de Palacio de Gobierno recibiera documentación pasada la medianoche cuando por la mañana del día anterior le exigían al Ejecutivo que esperara el horario de atención de trámite documentario del Congreso para recibir el proyecto de Ley que sustentaba la cuestión de confianza. No era una ironía, estaban imitando inconscientemente la estrategia del contrario. El Poder Legislativo estaba disfrazándose de manera forzada de Poder Ejecutivo en todo el sentido de la palabra. La clara expresión de un deseo inconsciente, de querer ser el Ejecutivo, postura aspiracional que deviene claramente de la lideresa de esa mayoría y en la que la vicepresidente también encajaba perfectamente al expresar el mismo deseo por la investidura presidencial. Ella no sería títere en el proceso de vacancia de PPK, pero al aceptar ejercer la presidencia ahora aceptaba tácitamente que sí lo sería en el caso de Vizcarra. Traicionada por sus propias palabras publicadas en un titular del diario El Comercio.

Por el otro lado, Martín Vizcarra, liderando al Poder Ejecutivo, más bien mantenía su propia agenda y su propio discurso. Su alfil, Salvador Del Solar, marcaba el paso político gracias a sus capacidades discursivas y performativas. Y al final, no fueron tanques ni militares armados. Más aún, ni siquiera fue la foto de un tanque o de militares armados. Fue la foto de los jefes de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional departiendo espontáneamente con Martín Vizcarra. Esa fue la bomba que marcó la victoria de la narrativa que se impuso, fue lo más violento de esta disolución del Congreso tras una larga jornada de enfrentamiento de narrativas y de interlocutores de ambos bandos. La imagen como metáfora simbólica, utilizada de manera estratégica, elevando a la comunicación a lo más alto y con un sentido cósmico, en la víspera del día del periodista, dándole un rol épico a este noble oficio que muchos han traído a menos. El ajedrez político en su máximo esplendor.

No sabemos qué pueda pasar en términos concretos. Quizás siga habiendo debates constitucionales que cuestionen las formas, quizás habrá quienes sigan hablando de dos presidentes: pero el ejercicio de la fuerza, ya sabemos con quién ha quedado. Y en ciencia política esa es una de las condiciones fundamentales de cualquier ejercicio de gobierno, del poder, de lo político. Una vez más se comprueba que la política y la comunicación terminan siendo lo mismo.