Gobierno en tiempos de Coronavirus

28/03/2020

Por Edgard Ortiz

Fronteras cerradas. Orden de inmovilización general. Economía detenida. Informalidad y pobreza confinadas. Sectores de la población en abierto desacato. Acción policial y militar en compresión. Ambiente social en ebullición. Esos son los tiempos del Coronavirus. Es un corsé de fuente epidemiológica con consecuencias políticas y sociales inéditas. Son tiempos del gobierno en estado de riesgo. Son tiempos del gobierno en estado de excepción. Una bomba de tiempo que resiste, únicamente, en la fragilidad de nuestras cuatro paredes.

Hoy vamos pasando un primer reto. Como sociedad estamos conllevando el aislamiento social. Es un primer logro importante, pero no es el definitivo. El gran objetivo no son los quince días adicionales. Los subsidios y la ley marcial harán lo suyo. El verdadero problema es lo que viene más adelante. Porque el mundo como lo conocíamos cambió. Al menos por unos meses. Resulta paradójico que el 2020 sea el año de la universalización de la salud. La precariedad institucional de nuestro sistema de salud merece la ironía.

Entonces, ¿qué viene?

Primero, empecemos dejando claro la situación actual. Siempre hubo y siempre habrá un solo objetivo: salvar la mayor cantidad de vidas. En eso estamos en el lado correcto de la historia. Es gente sobre modelos, vidas sobre cifras, humanidad antes que fundamentalismo. El gobierno acertó y eso hay que agradecerlo. No hubo duda. Se optó por lo más difícil. Porque en esta coyuntura hacer lo correcto siempre será lo más difícil.

El alto total de la economía se presentaba como una paradoja de política pública. Pero, en el fondo, era una falacia o falso dilema. Porque, ¿acaso es viable una opción que implique la muerte de miles de compatriotas? No. Nunca. El destino quiso que el vaivén político derive en una presidencia sobre la que recaía muchas dudas, pero que afortunadamente, al no deberle nada a nadie, decidió bien cuando fue presionada. En esos momentos pensó en la mayoría. Parece tan simple, pero pocas veces se hizo.

Ahora, ¿qué sigue? Pues mantener el rumbo. El gobierno tiene que martillar para contener [1]. Es una estrategia de supresión de la enfermedad que luego de un período de confinamiento agresivo requiere de cuarentenas eficientes, pruebas masivas, seguimiento, prohibición de circulación. Es lo que ha dado éxito en Corea del Sur y China, pero implica un reto gigante para nuestro Estado precario.

En 15 días más la inmovilización terminará. Al menos por zonas y por tiempos. Esto significa que en aquellas geografías donde el virus se hubiere contenido, la actividad reiniciará. Pero no como la conocíamos, sino controlada. Se deberán mantener las restricciones básicas, esto es, prohibición de concentración de público (¿no mayor a 50 personas en espacios amplios?), esto incluye no sólo negocios de esparcimiento, sino también centros de labores donde deberá mantenerse el teletrabajo. ¿Y la informalidad? Ese es el verdadero problema. El Estado lo sabe, por eso la cuarentena. Necesita ser exitoso porque es inviable la parálisis extendida de esta mayoría del país. Y, sin embargo, igual es probable que ingresemos a una especie de ida y vuelta de cuarentenas. Estrictas en la costa norte donde se ha presentado mayor incidencia en el incumplimiento a la ley, pero también en Lima y el Sur, aunque más leves o intermitentes. Es necesario para controlar rebrotes que son naturales.

El control de la enfermedad requiere también hacer pruebas masivas. Porque sólo mediante la trazabilidad se controla efectivamente el contagio. El Estado debe seguir invirtiendo en adquirir más y más pruebas. Ante la demanda mundial, mientras más pronto lo haga, mejor. Y a esto hay que añadirle la prohibición de circulación por todo el territorio nacional. Porque hay regiones que deberán protegerse de brotes incontrolables. Si en Lima el sistema es precario, imaginemos la selva o la sierra sur.

¿Qué retos de gobierno enfrentamos?

Las medidas antes expuestas presentan el mayor reto de gestión pública en los últimos veinte años. Porque hacer pruebas diarias masivas, gestionar probables cuarentenas diferenciadas, inmovilizar poblaciones y hacer seguimiento a todo el sistema, requiere un Estado eficiente y funcional. Se necesita al mejor Estado gestor, al mejor Estado articulador, al mejor Estado ordenador y sancionador.

Hacer pruebas a millones requiere estrategia, orden, eficiencia, tecnología. Las visitas por equipos deberán ser organizada de tal manera que cientos de personas logren miles de pruebas en un día, por semanas continuas. Esto requiere un sistema de gestión sistematizada, teleoperadores que alimenten bases de datos y geo referencien las visitas, una logística organizada para el manejo de las pruebas que considere cadena de frío, equipos articulados de médicos y enfermeros, un sistema informático que gestione de manera inteligente la data para lograr la mayor cantidad de análisis y optimización por geografías. Todo esto de manera continua por meses. Es un reto enorme para el Estado que conocemos. Por eso quien lo administre tiene que ser un gestor moderno, un gestor diferente.

Las cuarentenas implican otro gran reto de gestión. Primero, porque hay que hacerlas efectivas con fuerzas del orden que equilibren la imposición de la ley con el respeto de los derechos humanos. Además, hay que considerar que estas cuarentenas deben diferenciarse por geografía. Pero, no para relajarse, sino para ser más dura allí donde la ley no se respeta. La justicia debe ser pronta y efectiva. Felizmente nuestra Policía Nacional y Fuerzas Armadas han demostrado que, cuando se requiere, están a la altura.

Luego, el confinamiento prolongado debe asegurar que las empresas que suministran bienes esenciales continúen su producción y abastecimiento del mercado. Hay que evitar el acaparamiento y el aumento artificial de precios. Esto requiere un trabajo articulado entre las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional, los gobiernos subnacionales, INDECOPI. En ese sentido, es clave la rectoría del ministerio de Salud, así como la supervisión y ejecución de instituciones como el Ministerio del Interior, PRODUCE y la PCM.

¿Y la política?

La política en tiempo de coronavirus es una política de gestión del riesgo (de la enfermedad y el miedo que produce) y de cuidado del populismo. El nuevo Congreso se ha inaugurado con poco brillo. Eso no extraña. Y si bien esperábamos acciones específicas como la reforma de justicia y política, así como la designación de miembros del Tribunal Constitucional, en el corto plazo hay que resignarnos con una agenda más modesta. Difícil regular en serio cuando hay régimen de excepción. Deberemos esperar que se controle la enfermedad. Afortunadamente, parece que el ciclo del virus coincide con el ciclo político. Porque la campaña empezará a fin de año y para entonces el virus deberá estar controlado.

Hay que considerar también, que el Congreso ya delegó en el Poder Ejecutivo la facultad de legislar en diversas materias. Lo positivo: se establecen disposiciones para promover y reactivar la inversión pública y la economía. Existen, sin embargo, algunos aspectos a vigilar porque, bajo el pretexto de la vigilancia del correcto funcionamiento del mercado, se presentarán tentaciones populistas. ¿Y el Congreso? Bueno, será más de lo mismo. Las presidencias de comisiones lo dicen todo. Populismo y calentamiento para el 2021.

Finalmente, la justicia avanzará con menos reflectores y cámaras. Eso es bueno. Hay que destacar que la prisión preventiva perderá peso en tiempos de coronavirus debido al hacinamiento penitenciario. Entonces, la fiscalía deberá acusar ya. No sabemos cuándo se implementarán nuevas cuarentenas y cuanto más podrían demorar los procesos.

Entonces el Coronavirus vino y lo cambió todo en nuestras vidas. La política, la economía, el relacionamiento social. Son tiempos para repensar todo. Pero es un momento especial en el que se hace evidente que hay imperativos categóricos. La vida y dignidad, sobre todo. La solidaridad, sobre el individualismo, la comunidad sobre relativismo vacío. No hay fundamentalismo que se ubique sobre la defensa de la población, especialmente la más vulnerable. Recordémosle eso siempre al Estado, porque es lo que lo legitima. Al final, es su único y verdadero fin.

[1] Referencia expresa al artículo “Coronavirus: El Martillo y la Danza”. Tomás Pueyo. En Medium. https://medium.com/tomas-pueyo/coronavirus-el-martillo-y-la-danza-32abc4dd4ebb