El racismo y la política basura

08/01/2020

Por Edgard Ortiz

El día de ayer hemos sido testigos de uno de los momentos más repugnantes de la política peruana en los últimos tiempos. Un acto racista por un candidato que no tiene más mérito que representar al más bajo y perverso pensamiento discriminador del país. Un acto delincuencial que requiere nuestro total rechazo y la más firme acción por parte de la sociedad y el Estado.

Ya el Ministerio Público abrió investigación preliminar por el presunto delito de discriminación por un plazo de 60 días. Citó al agraviado para el 30 de enero, es decir, después de las elecciones. Seguramente el procedimiento legal ampara estos plazos. Pero, con esta forma de actuar, la flagrancia deja de tener sentido y las instituciones se deslegitiman. Porque toda actuación y gesto de la autoridad comunica. En este caso, hasta el procedimiento comunica. Y entonces, ¿cuál es la narrativa? Que se puede ser racista sin consecuencia inmediata. Que se puede manosear el sistema, burlándose, despreciando los valores republicanos más importantes, sin consecuencia.

Hay que ser claros. El racismo es delito y se tiene que sancionar dura y efectivamente. Es una lacra social de la cual no nos libramos y eso es inadmisible. La I Encuesta Nacional – Percepciones y Actitudes sobre diversidad cultural y Discriminación étnico-racial de 2018 ya nos brindaba números de alarma. El 53% de encuestados consideraba a los peruanos muy racistas o racistas. Entonces, no se puede ser ingenuo con el racismo. Hay que ser firmes hasta el final.

La estrategia política es obvia. Le hablan a la extrema derecha. Aquella conformada por el segmento más conservador de la política peruana. Pero no nos confundamos. Los políticos que la representan son los mismos que nos han llevado a la podredumbre de la que nos queremos librar. Son los mismos camaleones sin imaginación, ni sustancia, que quieren imitar a la política del odio utilizando la estrategia de división y extremismo.

Entonces, ¿qué quiere conservar este grupo? Pues el status quo del privilegio. Oportunismo que quieren disfrazar de creencias religiosas, defensa nacional y prudencia económica, pero que, en verdad, es puro racismo-homofobia, chauvinismo y mercantilismo. Que no nos engañen. Son un grupo pequeño que tiene miedo de que las cosas cambien. Y no se han dado cuenta que las cosas ya cambiaron.

Pero hay que ser firmes y prudentes. Este grupo sabe que hoy no tiene apoyo social. Entonces, recurre al extremo para sobrevivir. Su estrategia es dividir y resonar. Y en esto tenemos responsabilidades para actuar en varios frentes.

Como sociedad debemos castigarlos con el voto. Deben quedar marginados de la política. Para eso la estrategia es poco intuitiva y pasa por ignorarlos porque ellos buscan lo contrario. En esto los medios de comunicación tienen una responsabilidad que no pueden desconocer. No pueden alegar libertad de expresión o apertura a la diversidad. Porque no hay libertad de expresión para los delitos de odio. No hay que ser ingenuos. No puede darse visibilidad al que fomenta discriminación. Y si un medio lo hace, tenemos que ser claros en que se convierte en cómplice.

Luego, hay que saber encuadrar la conversación. Ellos quieren que se les identifique con la defensa de la familia y la tradición, de la seguridad y defensa contra los extranjeros. Pero de lo que hay que hablarles es de la corrupción que representan, los intereses oscuros que defienden y los falsos valores que simbolizan. Los peruanos ya nos cansamos de lo mismo. Y ellos son los de siempre.

Por su parte, la sociedad tiene que sincerar la conversación y llamar al racismo por su nombre. Sin miedo, sin suavizar términos, ni disimular acciones. Sólo así, empezaremos a hacer frente a esta lacra nacional. En esto, nuevamente los medios son los más importantes, pero también la sociedad civil en conjunto tiene un rol. Porque el racismo no nace con un partido político, sino que surge y se alimenta en las familias. Y ahí hay que erradicarlas.

¿Y el Estado? Bueno. Otro pendiente. Otra deuda histórica más. Esperemos con fe una nueva camada de políticos con más compromiso e ideas. Mientras tanto, la responsabilidad es de cada uno. Con nuestros hijos, hermanos, en nuestros trabajos, con nuestros amigos. Es hora de enfrentar al problema. No podemos esconder más la cabeza. No podemos ser un país moderno si no empezamos por librarnos de un problema histórico que carcome las bases de cualquier república.