La juventud como creadores de información y responsables máximo de las elecciones 2026
Artículo escrito por:
Guillermo Aguayo, embajador de Propuesta País en el Exterior
Como jóvenes, se nos dota la capacidad de discernir, discernir en un escenario de alta volatilidad, un escenario tan impráctico, distópico y caótico como el Perú. El Perú, desde la perspectiva juvenil, tiene un problema mucho más grande que su corrupción institucional, su inseguridad palpable, la ineficacia de la representación popular, los pocos mecanismos de rendición de cuentas para con la ciudadanía o la perpetración de modelos de segregación y estratificación tácita en la sociedad. Tiene, o más bien tenemos, un problema que abarca todos los anteriormente mencionados, y que funciona tanto como causante y como consecuencia, como precedente lógico y como resultado inmediato: la desafección política (1).
La desafección, desapego o hartazgo de la política pueden parecer conceptos distintos, pero, en realidad, representan el mismo sentir, el mismo pensamiento, e incluso el mismo rechazo, la misma expresión de poca tolerancia, la misma expresión de insensatez cuando un tema cae sobre la mesa familiar o cuando un joven desea hablarnos de su candidatura en la calle: esa expresión cansada, llena de rabia pero sobre todo de impotencia, una impotencia que se
materializa en los recuerdos frustrados de ilusión política, de esperanza de cambio, que luego se despedazaron ante la inacción de aquellos representantes que nos vendieron el cielo y no supieron entregárnoslo. Esta desafección que casi no hace falta explicar, ya que todos seguramente lo han vivido, representa el mayor problema de la política peruana, ya que crea escenarios de incertidumbre donde dotamos de agencia a personas que no buscan ejercerla
correctamente (2), pero también a personas que creen en falsas expectativas, ya que nunca entendieron la política como tal, o más bien, dejaron de entenderla.
Es decir, un escenario de tanto desinterés político como el actual se va fraguando con la ineficacia constante de los políticos que elegimos, y es un sentir generalizado en tiempos de gestión, pero que parece difuminarse en tiempos de elecciones (3). Como es natural, apenas se ve una ventana de cambio, se cree ilusamente que esa ventana será la oportunidad idónea para perpetrar un sentir generalizado de renovación. Sin embargo, la historia demuestra que en las últimas cuatro ventanas de cambio que se han tenido a nivel nacional, hemos sido condenados a repetir la historia de las gestiones anteriores, creando un sentir y un malestar incluso más grande. Ahora el peruano promedio poco a poco deja de creer incluso en esas ventanas de oportunidad (4), deja de creer en ese mecanismo que se nos otorgó como derecho para tener la capacidad de agencia real de crear el Perú que nosotros quisiéramos.
Llegados a este punto, tenemos tres tipos de actores5 en el escenario político peruano: a los optimistas empedernidos que seguirán creyendo en la política por más golpes que reciban; a los desapegados fieles, que perdieron la ilusión desde muy temprano y hace mucho tiempo; y a los ciudadanos que viven en el limbo entre ambas corrientes, entre ambos sentires, o que más bien, aún no han sido del todo desilusionados como para decantarse por la desafección absoluta.
Este tercer colectivo resulta, a efectos prácticos, el más importante en términos electorales, porque son aquella parte de la población aún influenciable como para dejarse sesgar (6), dejarse prometer e ilusionar con esos aires de cambio que figuran en todos los discursos políticos. Y es, asimismo, esa población mayoritaria dispuesta a comprar discursos populistas, poco desarrollados pero llamativos (7), porque no tienen la ilusión necesaria para crear una predisposición a informarse conscientemente, pero tampoco viven sumidos en la certeza de que la política no sirve para nada, por lo que tienen aún un oído abierto.
Y, ¿cómo se relaciona todo esto con los jóvenes?, es palpable que los jóvenes no forman parte de este tercer colectivo; nosotros como jóvenes, buscamos un futuro mejor, un Perú el cual sea lo suficientemente estable como para querer desarrollar nuestro proyecto de vida. Y esto se suma al creciente fenómeno de la juventud cobrando importancia dentro del escenario político, una juventud aún esperanzada, con ganas de cambio (8) y agallas de hierro que resultan en el espíritu necesario para que este tercer colectivo no sea presa del populismo barato del que ha sido hasta día de hoy.
Los jóvenes no solo resultan importantes estas elecciones por la densidad de población que representan, sino más bien, por la capacidad de promoción política y propagandista que ejercen de manera masiva (9). El colectivo juvenil es aquel con mejor uso de la tecnología, al ser parte de una generación que nació con el boom tecnológico inteligente.
No es sorpresa para nadie tampoco que tengan una increíble destreza con las redes sociales y las formas de difusión que estas representan, las cuales dotan de altavoces y libertad de expresión e influencia a cualquier persona en el mundo, siempre y cuando tenga un buen manejo y conocimiento del campo, convirtiéndoles en creadores de contenido o, coloquialmente conocidos, como influencers (10).
Es este grupo, el colectivo juvenil, el principal dueño de estos “medios de producción de contenido”, ya que son sus miembros quienes manejan con mayor destreza los medios tecnológicos y digitales. De modo que ahora un joven de 19 años puede crear contenido a nivel mundial que determine comportamientos, cree sesgos o genera adoctrinamiento (11), incluso de manera involuntaria. Los medios de comunicación tradicionales ya no tienen el
monopolio de la creación de información (12), lo que también repercute, y significativamente, al momento de hacer política. Quien antes sólo se informaba de las elecciones venideras con los reportajes de los telediarios, ahora encuentra una amalgama de posibilidades para informarse o contrastar esa información: si me parece sesgado lo que dice mi medio de confianza, siempre podré entrar a Instagram o a TikTok, y ver cómo otras personas, que tal vez no son profesionales en la materia, me reafirman o contradicen esa información. Las redes sociales no exigen mínimos,
no hay estándares de calidad, de modo que lo que veamos puede ser cierto o no (13), pero no deja de ser información en frente de nuestros ojos. Y, aunque la lógica detractora menciona que la información de redes sociales es siempre falsa, también ha resultado positiva en muchos sentidos, uno de ellos, dar visibilidad a la juventud (14), una juventud que también tiene algo que decir sobre aquellos temas que antes eran solo de adultos.
La juventud no ha encontrado en las redes sociales un medio para desinformar, todo lo contrario, ha encontrado mecanismos para hacer política a su manera (15), atreverse a decir lo que nadie diría en un medio convencional, utilizar un lenguaje diferente, crear contenido tan comprometedor que nadie secundaría en los telediarios de siempre, etc. La juventud se ha abierto camino en las redes sociales, de manera tan masiva y noble, que ahora son
considerados medios de información alternativos, que proyectan voces igual de legítimas (16) y no solamente esparcen bulos y desinforman.
La juventud sigue teniendo un tinte peyorativo de disrupción, pero cada vez más las personas reemplazan sus medios tradicionales de información por los alternativos (17): ahora quien va en el transporte publico suele ver más TikTok que escuchar la radio, no solo por entretenimiento o por practicidad, sino porque representan una alternativa de contenido que antes quedaba escondida ante los blockbusters. Este nuevo paradigma de la información y de la creación de contenido resulta apasionante, pero también crea un sentido de la responsabilidad mucho mayor (18), no sólo para los consumidores, sino para los creadores en sí.
Volvamos a los ejemplos antes mencionados: quien veía el telediario antes, ahora puede corroborar la información en las redes sociales; quien no anda mucho por casa pero quiere distraerse durante un trayecto en carro puede recurrir a ver redes sociales. Todo esto se traduce en que, quien antes sólo confiaba su comprensión de información en aquellos profesionales aptos de grandes medios de comunicación, ahora también lo hacen de jóvenes que, independientemente de su grado de instrucción, que, todo sea dicho, muchas veces son igual de profesionales solo que con narrativas alternativas a la tradicionales, tienen la firme convicción y predisposición de informar a su comunidad. (19) Ahí radica la gran responsabilidad de la juventud, en saber que siendo ahora ellos un gran medio de comunicación, también pueden influenciar en las opiniones de las personas de manera sustancial, y este escenario se
agrava si la información de la que hablamos tiene trascendencia política.(20)
El análisis del principio del artículo, basado en tres tipos de colectivos según su relación con la política y la afección que sientan de la misma, no es casualidad, sino que responde a cuál debe de ser la prioridad en esta contienda electoral del 2026: controlar la información para el tercer colectivo, aquel colectivo en el limbo entre la desafección absoluta y la ilusión de cambio. (21) Es improbable que un ciudadano activo y plenamente informado vaya a cambiar su opinión política en base a la información que recibe a modo de estímulos. Muy seguramente tenga una ideología plenamente desarrollada, donde un vídeo de un discurso convincente o el destape de ciertos escándalos de corrupción de un partido no vayan a ser sustanciales en el voto que escojan. A su vez, las personas del segundo colectivo, el desapego político total, tampoco tienen incentivos para recuperar la ilusión22 que una vez perdieron, la constante publicación de vídeos no será trascendental en que busquen informarse para las elecciones o que siquiera vayan a votar.
Todo esto crea un escenario claro, donde la información alternativa, aquella que está en auge y ya es igual de relevante e influyente en las opiniones de las personas que los medios tradicionales, se convierte en herramienta de información esencialmente para un solo colectivo (23), aquel colectivo vulnerable a discursos populistas, alarmistas y en sí, de clara índole narrativa, aquel colectivo que sí puede decidir su voto en base a lo que escuche y lea por redes sociales, un colectivo que a su vez es decisorio en las contiendas electorales, suelen suponer la mayoría de la masa electora ya que es un punto medio dentro del escenario político (ya que no supone irse a ningún extremo).
La responsabilidad juvenil reside en saber convencer al tercer colectivo indeciso (24) , que son aquellos que potencialmente se guiarán más de la información que los creadores de contenido jóvenes publiquen y compartan. Y esta responsabilidad se materializa en subir la calidad del contenido típico de redes sociales, no publicar insultos, no llamar a la demagogia, sino todo lo contrario, informar sobre partidos, sea la ideología que sea, haciendo más énfasis en unos u otros, pero buscando en todo momento la correcta información y la calidad del contenido compartido.
Las quejas mayoritarias hacia las redes sociales son por su “contenido basura”, el cual resulta más amplio al tener más capacidad de crearlos, pero las redes sociales usadas correctamente pueden suplir sin problemas los medios de comunicación tradicionales (25), ya que comparten estándares, y llegan a más personas, sea por su masificación o por lo llamativas que resultan, y cuando hay población que no solo las ve por entretenimiento sino porque confía en un esclarecimiento de la escena política tan cercana y ajena a la vez, es un medio perfecto para, de una vez por todas, sensibilizar sobre la importancia de la política y la importancia de las elecciones (26), un medio perfecto para ilusionar nuevamente, para hacer creer que esta tal vez sí sea la oportunidad que todos esperamos Los jóvenes no sólo resultan importantes porque son más de 10 millones de electores, sino también porque está en su capacidad el poder informar correctamente; son más importantes porque ahora ellos controlan la difusión de información con la que el resto del pueblo decidirá su voto (27), y esa oportunidad puede servir para diferenciarse de los medios tradicionales, hincar donde nadie hinca, preguntar lo que está prohibido y desenmascarar lo oculto; de modo que, esta vez sí, se aproveche la oportunidad. La oportunidad de crear un cambio, la oportunidad de hacer un lugar en la política a la juventud empoderada, y, sobre todo, la oportunidad de rescatar a aquellos desapegados, de demostrarles que no todo está perdido y que la política también funciona para ellos.
